Me
encanta admirar la naturaleza. Me hace sentir acompañada y me mantiene con los
pies en la tierra. Definitivamente lo recomiendo: el hombre necesita observar
más, admirar más; forma parte de nuestra humanidad.
En
fin, si algunos recuerdan el 24 de Diciembre del año en curso fue un día con
una lluvia espantosa. Sinceramente ese día no salí para nada de mi cuarto. Y a
pesar de amar la lluvia, me encontraba temerosa de salir. (No le digan a nadie
pero me la pase haciendo menesteres del hogar). Sin embargo el siguiente día
tal fue mi sorpresa que al mirar el cielo – como gran fan de él que soy; todos
los días lo observo – estaba despejado. Podrán decir: “¿Qué tiene eso de especial?”. Si hay
alguien que comparta mi pasatiempo estará de acuerdo conmigo de que ese día no
fue como ningún otro. El cielo respiraba, es de la única manera que lo puedo describir. Estaba
descansando, literalmente, porque no había nubes.
Y
ese fue el cielo que inspiró “24 horas de lluvia”.
Mas o menos a las 11 de la
mañana bajé a desayunar y en mi trayecto miré hacia arriba como de costumbre y
¡BAM! Ahí estaba. Regresé a mi cuarto corriendo, agarré mi computadora y un
banquito y me senté en medio de la sote vuela para intentar describir lo que
mis ojos estaban viendo. Fue un momento hermoso y la primera vez que tuve la
oportunidad de hacerlo.
- Efímera en detrás de la historia.
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